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Carta Circular del Señor Obispo
a los Presbíteros y Seminaristas de la Asociación Sacerdotal
"Siervos del Espíritu Santo", de la Diócesis de Sonsón-Rionegro
Queridos sacerdotes y seminaristas:
Cuando San Lucas quiere sintetizar la vida y el
ministerio público de Jesús dice simplemente que actúa
"con la fuerza del Espíritu" (Lc.4,14). Sobre esta
perspectiva, elaborada y transmitida por la tradición, ha
cimentado el Evangelista una de sus más profundas visiones de
Cristo. Para llegar hasta el fondo de esta afirmación hay que
situarla en el horizonte de esperanza abierto por las promesas
del Antiguo Testamento: "Infundiré mi espíritu…y los salvaré"
(Ez. 36,27-29); "Derramaré mi espíritu…y realizaré prodigios"
(Jl. 3,1-3).
Ante aquellos que aguardaban la venida del
Espíritu de Dios sobre la tierra para cambiar la existencia de
los hombres, Jesús proclama que el misterio ha empezado a
realizarse: "Hoy se ha cumplido esta Escritura" (Lc.
4,21). Esto significa que, para la Iglesia primitiva, la venida
de Jesús que trae el Espíritu, supone el cambio decisivo de la
historia y el cumplimiento de toda esperanza. Por eso, Lucas le
atribuye tanta importancia a la misión del Espíritu en la vida
de Cristo: está en el bautismo para confirmar la vocación
mesiánica de Jesús (cf. Lc. 4, 1); le presta su poder para la
realización de los milagros (cf. Lc. 5, 17; 6, 19; 9,1); le
ayuda en la formación de sus discípulos (cf. He. 1, 2), y le
reconforta en su misión (cf. Lc. 10, 21). La presencia del
Espíritu Santo es, por tanto, la característica de los últimos
tiempos (cf. Lc. 24, 49; He. 1, 4-8; 11, 16; 2, 1-4).
Se entiende, entonces, que la homilía de Jesús en
Nazaret es la auto-proclamación de su vocación y misión en el
Espíritu. El Mesías, ungido por el Espíritu de Dios, es enviado
a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a dar libertad a los
oprimidos, a devolver la vista a los ciegos y a anunciar el año
de gracia del Señor. Y la conducción y el poder del Espíritu que
Jesús vive a lo largo de su ministerio son anunciados luego a
los discípulos: "Miren, yo voy a enviar sobre Ustedes la
promesa de mi Padre... permanezcan en la ciudad hasta que sean
revestidos de poder desde lo alto" (Lc. 24, 49;
He.1,4).
El Espíritu sobre la Iglesia
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan el
cumplimiento del anuncio de Jesús el domingo de Pentecostés,
cuando fue derramado el Espíritu Santo sobre los discípulos que,
en compañía de María, estaban en oración (cf. He.1,12-14;
2,1-13). Desde entonces, el Espíritu está sobre la Iglesia como
estuvo sobre Jesús (cf. He.4,18); con su luz la ilumina y con su
fuerza la mueve para que tenga el poder de anunciar las palabras
del Señor y de hacer los signos que él hizo.
A lo largo de toda su historia, la Iglesia no ha
dejado de sentir que, como en sus primeros días, el Espíritu
dado por el Resucitado la acompaña y asiste; tiene
constantemente la experiencia de que el Espíritu Santo la
protege y dirige, impulsa su crecimiento y desarrollo, la
renueva en su identidad y su misión, le revive el entusiasmo de
las primitivas comunidades nacidas en Pentecostés y "con su
poder" realiza dentro de ella prodigios aún mayores que los
que presenciaron los apóstoles.
Hacia la mitad del siglo XX, el Papa Juan XXIII
convocó el Concilio Vaticano II con la esperanza de que el
Espíritu Santo, viento y fuego de todos los tiempos de la
Iglesia, irrumpiera en ella con fuerza nueva, dándole vida y
audacia apostólica. No se demoró en hacerse sentir,
manifestándose en múltiples formas, la presencia y la actuación
del Espíritu Santo en la Iglesia postconciliar, que se sintió
llamada a una purificación interior, a un diálogo más directo
con el mundo, a abrirse a nuevos caminos de evangelización, a
asumir con decisión su puesto y su tarea como enseña levantada
ante los pueblos.
Dentro de estas nuevas manifestaciones del
Espíritu Santo en la Iglesia, como lo han reconocido Pablo VI
(19-V-1975) y Juan Pablo II (15-V-1987), se ha visto la
Renovación Carismática Católica que, a partir de 1966, se ha
extendido por el mundo como una "corriente de gracia",
que lleva al encuentro con Cristo Resucitado promoviendo una
conversión personal, que hace sentir la paternidad de Dios y su
lógica consecuencia que es la fraternidad con todos los hombres,
que abre a la acción del Espíritu para animar con sus dones la
obra de la evangelización y el crecimiento progresivo en la
santidad de todos los miembros de la Iglesia.
Un movimiento del Espíritu
La
Renovación
en el Espíritu
no tiene un carisma particular para mostrar a la Iglesia y al
mundo, sino que quiere contribuir a avivar la estructura de la
existencia cristiana, que es, por su misma naturaleza, una
existencia en el Espíritu. Por esto, el Cardenal Jozef Suenens
definía la Renovación como "un movimiento del Espíritu que
ayuda a la Iglesia a volverse toda ella carismática según las
esperanzas y las proposiciones del Concilio Vaticano II".
La Renovación es un instrumento eclesial
para una nueva comunicación espiritual de la fe, pero no
representa en sí misma una nueva espiritualidad. No se puede ni
siquiera indicar una finalidad precisa de la Renovación,
sino señalar su dinamismo interno, orientado a la renovación de
toda la Iglesia, en todas sus manifestaciones válidas y en todas
sus actividades. El Papa Juan Pablo II afirmaba: "Toda la
obra de renovación de la Iglesia que el Concilio Vaticano II ha
iniciado providencialmente no se puede realizar sino en el
Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su poder" (R.M.,19).
Esto quiere decir que no es suficiente una renovación a nivel de
documentos y de estructuras eclesiásticas si el corazón del
hombre no es tocado por la persona y la obra del Espíritu Santo.
La
Renovación
en el Espíritu
está abierta a todos, para que todos puedan realizar la
maravillosa experiencia de la vida en el Espíritu que, según la
promesa de Jesús, viene concedido a toda persona sin medida
(Jn.3,34). Quien se acerca a la verdadera Renovación en el
Espíritu no se encuentra delante de una propuesta espiritual
específica o un tema preeminente de vida espiritual, sino que
llega a la espiritualidad propia de la Iglesia que está animada
por el Espíritu, según el "manifiesto de vida cristiana", que
como he dicho ha proclamado Jesús en la sinagoga de Nazaret. Esa
"unción", vivida de modo particular en el Bautismo es la que nos
capacita "con la fuerza del Espíritu" para vivir y
para anunciar el Evangelio.
Por eso, la Renovación en el Espíritu ha
tenido y sigue teniendo una misión importante en la Iglesia. En
el contexto del gran Jubileo que nos introdujo en un nuevo
milenio, el Papa Juan Pablo II la llamaba a llegar a una "plena
madurez eclesial", necesaria para que pueda realizar el
cometido para el que Dios la suscitó en la Iglesia.
Concretamente señalaba el Papa: "La Iglesia espera de ustedes
frutos ‘maduros’ de comunión y compromiso. En el interior de sus
comunidades, en circunstancias diversas, para cada uno de
Ustedes ha iniciado un camino que lleva a un conocimiento y a un
amor de Cristo siempre más grande".
Y luego animaba a los miembros de este "movimiento
del Espíritu" con estas palabras: "No interrumpan el camino
emprendido! Tengan confianza: Cristo completará la obra que él
mismo ha iniciado. ‘Aspiren a los carismas más grandes’ (1
Cor.12,31). Busquen siempre a Cristo… Acojan con alegría las
ocasiones que se les ofrecen para profundizar su formación
cristiana. Sirvan a Cristo en las personas que tienen cerca,
sírvanlo en los pobres, sírvanlo en las limitaciones y en las
necesidades de la Iglesia. Déjense guiar verdaderamente del
Espíritu! Amen la Iglesia una, santa, católica y apostólica"
(24-IV-2000).
Los Siervos del Espíritu Santo
Mons. Alfonso Uribe Jaramillo, Obispo de
Sonsón-Rionegro (1968-1993) vislumbró las potencialidades y la
riqueza de la Renovación en el Espíritu para
ayudar a promover un proceso de santidad en la Iglesia y para
aprovechar los dones y gracias con que el Espíritu Santo une,
edifica y conduce a todos los fieles que integran el Pueblo de
Dios. Pero así como fue consciente de las enormes posibilidades
de la Renovación también percibió los abusos,
deformaciones y aun peligros serios que podía entrañar cuando se
quedaba en lo emotivo y en lo sensacional sin conducir a una
verdadera y permanente conversión a Jesucristo.
Cuando, en 1981, los obispos de la entonces
Provincia Eclesiástica de Medellín fundaron en La Ceja el
Seminario Misionero del Espíritu Santo, con el objetivo de
formar sacerdotes para atender las necesidades de tantas
diócesis con penuria de clero, Mons. Uribe pensó que era
necesario se dedicara también a formar sacerdotes capaces de
servir en diversos lugares como animadores y orientadores de la
Renovación Carismática. Pidió a uno de los formadores de
entonces, el P. Darío Gómez, que se encargara de esta tarea con
algunos jóvenes provenientes de grupos de oración de diversas
ciudades del país.
Después de algún tiempo, apareció claramente la
imposibilidad de unir estos dos objetivos en una misma casa de
formación, que, por esta causa, empezaba a sufrir serias
dificultades y divisiones. Los candidatos al sacerdocio que
querían dedicarse a la animación y orientación de la
Renovación Carismática pasaron entonces a otra casa,
manteniendo alguna vinculación con el Seminario al principio y
configurándose después como un centro de formación con más
autonomía. Así nacieron el 10 de agosto de 1983, bajo la
responsabilidad del P. José David Henao, los Siervos del
Espíritu Santo, a los que, por Decreto Nº 06, del 5 de mayo
de 1986, Mons. Alfonso Uribe Jaramillo constituye como
Asociación Sacerdotal, dentro del Presbiterio de la Diócesis de
Sonsón-Rionegro.
La Asociación Sacerdotal Siervos del Espíritu
Santo, por consiguiente, está conformada por los diáconos y
presbíteros que, incardinados a la Diócesis de Sonsón-Rionegro y
bajo la autoridad de su Obispo, se asocian para dedicar su vida,
por un especial llamamiento del Señor, a impulsar y orientar la
Renovación Espiritual en las Iglesias particulares que lo
soliciten. A ella se unen los seminaristas que, aspirando a la
misma vida y ministerio, siguen el proceso formativo establecido
en la diócesis para llegar a ser parte de esta Asociación.
Luces y sombras
No ha sido fácil el camino de los Siervos del
Espíritu Santo en estas dos décadas. De una parte, es
preciso bendecir a Dios por muchas cosas positivas: se ha
logrado configurar un buen grupo de sacerdotes asociados, se ha
mantenido la identidad y la misión de la asociación, la casa de
formación no ha interrumpido sus labores, se ha respondido
exitosamente a actividades importantes como el retiro
latinoamericano de sacerdotes y la Misa por los enfermos en La
Ceja, no han dejado de programarse permanentemente cursos y
seminarios de orientación para laicos, y, sobre todo, se ha
venido realizando un servicio importante en cerca de treinta
diócesis del país y del exterior, con la complacencia de los
obispos que, en la mayoría de los casos, valoran y agradecen el
testimonio y el trabajo abnegado de los Siervos.
De otra parte, como se constató en el encuentro
de la Asociación en agosto del año pasado, es preciso reconocer
con humildad no pocas fallas y dificultades que se han venido
presentando. Inexplicablemente no se elaboraron los estatutos
que anunciaba el Decreto de erección de la Asociación, quedando
ésta desde entonces sin una normativa y unos criterios que le
facilitaran su organización y estabilidad. El servicio de
coordinación de la Asociación, por diversas causas, no siempre
pudo consolidar la unidad ni ofrecer una efectiva comunicación
entre los miembros de la Asociación.
El sistema de enviar sacerdotes inmediatamente
después de su ordenación como directores de la Renovación
en una diócesis, donde con frecuencia se sentían con una
responsabilidad para la que no tenían la suficiente preparación
y experiencia, donde tantas veces debían vivir solos y aun
discriminados por algunos miembros del presbiterio local, donde
no siempre tenían el acompañamiento y los recursos espirituales
necesarios, produjo heridas y aun graves problemas en varios
sacerdotes de la Asociación. Algunas actitudes en las que
faltaba prudencia, discreción y caridad fueron deteriorando la
imagen de la Asociación y creando rupturas internas.
La autonomía que asumió la casa de formación
privándose de algunos elementos que aporta un gran Seminario,
los frecuentes cambios de sus directores, el estar los
seminaristas en ciertos períodos bajo la orientación de una sola
persona y no de un equipo, dejaron lamentables vacíos en el
proceso vocacional de varios candidatos al sacerdocio. Algunos
comentarios y prevenciones basados en informaciones erradas o
imprecisas fueron generando un clima de inseguridad y desaliento.
La falta de una mayor integración de la Asociación con la
Diócesis de Sonsón-Rionegro no le permitió asumir y vivir mejor
su identidad y su dimensión eclesial.
Necesidad de una reorganización
Esta problemática, analizada detenidamente en los
encuentros anuales de 2003 y 2004, mostró la necesidad de una
urgente reorganización de la Asociación que, a todas luces, se
veía desarticulada, sin seguridad en el cumplimiento de su
misión, seriamente afectada por las crisis personales de varios
de sus miembros, inquieta por la dudosa calidad de la formación
de los seminaristas y tentada de desaliento frente a su futuro.
Aparecieron como tareas inaplazables: ahondar en la identidad y
misión de la Asociación, reforzar el servicio de coordinación y
comunicación, incrementar la formación permanente, diseñar una
nueva forma de trabajo apostólico en equipo y dar solidez al
proceso formativo de los seminaristas.
Respondiendo a las inquietudes planteadas, he
empezado a propiciar algunos cambios en la Asociación. En primer
lugar, nombré un Coordinador que, integrado al equipo de la Casa
de formación, pudiera dedicarse más plenamente a un
acompañamiento de los miembros de la Asociación dispersos por
varias diócesis; el equipo de la casa de formación quedó
integrado por cuatro sacerdotes para que, además de una vida
comunitaria, puedan compartir las responsabilidades del
seguimiento de los seminaristas; conservando su autonomía por lo
que se refiere al cultivo del propio carisma, se vinculó la Casa
de formación al Seminario Misionero del Espíritu Santo para los
demás aspectos que exige el camino hacia el sacerdocio, con muy
buenos resultados hasta hoy.
Espero que la realización del año propedéutico en
el Seminario "Nuestra Señora" de Marinilla de todos los
candidatos para el sacerdocio que lleguen a nuestra diócesis,
asociados y no asociados, como creo se podrá empezar a realizar
en poco tiempo; que el conocimiento y la integración con las
parroquias y los sacerdotes que trabajan en la diócesis durante
el año de formación pastoral que tienen todos los seminaristas
después del segundo año de teología; que los encuentros de
pastoral vocacional y los diálogos que yo mismo sostengo con
todos los seminaristas diocesanos; que algún tiempo de
ministerio dentro de la diócesis de los neo-sacerdotes de la
Asociación, en la medida en que las circunstancias lo permitan,
irán logrando una mayor vinculación de todos los Siervos
con su Iglesia particular y con todos los miembros de su
presbiterio. A ello ayudará igualmente que se acoja la
insistente invitación que vengo repitiendo de que los sacerdotes
asociados participen, al menos algunas veces, en los retiros
espirituales y en los cursos de actualización que, con fechas ya
muy fijas, se tienen programados dentro de nuestra diócesis cada
año.
La mayor innovación ha sido, a partir de
diciembre del año pasado, el comenzar la organización de los
Siervos en equipos. Además del equipo de cuatro sacerdotes
en la Casa de formación, tenemos equipos de tres sacerdotes en
Colón (Cuba), San Pedro Sula (Honduras) y Popayán (Colombia);
con la esperanza de llegar a formar también equipos de tres
están por el momento de a dos sacerdotes en Franceville (Gabón),
en Santiago de los Caballeros (República Dominicana), y en
Colombia en las Diócesis de Tuluá, Montería, Sincelejo y Pasto.
Se continúa prestando el servicio con un solo sacerdote en diez
diócesis. Esta reorganización, por otra parte, ha exigido dejar
total o parcialmente la asesoría de la Renovación en las
Diócesis colombianas de Yopal, Buenaventura, Líbano-Honda,
Cartago, Montelíbano y Florencia; y en la Diócesis de Esmeraldas
(Ecuador).
Debo decir que para proceder en tan poco tiempo a
estos cambios, que han exigido ciertamente especial atención y
mucho esfuerzo, he contado con la comprensión y la colaboración
de los obispos que generosamente me han abierto puertas y de los
obispos que sufriendo el retiro de los sacerdotes que todavía
necesitaban han aceptado con ejemplar sentido eclesial las
decisiones que he tomado. También he contado con la obediencia y
disponibilidad de casi todos los Siervos del Espíritu Santo,
que conscientes de la bondad del proyecto que estamos realizando
han acogido con prontitud, con responsabilidad y con alegría las
misiones que les he encomendado. Sobre todo, debo dar testimonio
de la especial ayuda del Señor, sin la que hubieran sido
imposibles los pasos que hasta ahora hemos dado.
Algunas tareas pendientes
Es muy importante, en primer lugar, llegar
a que los Siervos del Espíritu Santo comprendan y
cultiven cada vez más su efectiva y afectiva integración en la
Diócesis de Sonsón-Rionegro. Ustedes no son, en efecto, una
comunidad religiosa ni una sociedad de vida apostólica, sino una
asociación sacerdotal dentro de un presbiterio. Esta es una
figura jurídica nueva y muy hermosa que se entiende muy bien en
la eclesiología del Concilio Vaticano II. Ella permite, de una
parte, que un presbiterio como que se "especialice" en algunos
de sus miembros que han recibido un carisma particular y, una
vez formados y asociados, se puedan dedicar a una misión
específica dentro de la Iglesia universal.
De otra, le permite a algunos miembros de un
presbiterio vivir un camino espiritual y pastoral al que de modo
especial han sido llamados contando con la identidad y el envío
que les da una concreta Iglesia particular. Una auténtica
teología de la Iglesia particular deja comprender que la
diócesis es el ámbito privilegiado para vivir la certeza de la
fe que hace sentir el amor del Padre, la presencia del Señor
Resucitado y la actuación del Espíritu Santo; la garantía de la
autenticidad de la Palabra; la experiencia de la gracia que dan
los sacramentos; el sentido profundo y amplio de la comunión y
la fraternidad; la legitimidad de la misión; en una palabra,
todo el misterio de la Iglesia al servicio del Reino de Dios.
Esto gracias a la sucesión apostólica que tiene el obispo y con
la que no cuenta, por ejemplo, un superior religioso.
Una segunda tarea también muy importante
es diseñar el ministerio apostólico, nuevo y propio, que Dios
les confía hoy a los Siervos del Espíritu Santo. Dentro
de la verdadera naturaleza de la Renovación pienso yo que
les corresponde no sólo la animación de los grupos de la
Renovación Carismática Católica como hasta ahora se ha hecho
con tan buenos frutos, sino muchísimo más, la animación y
renovación de la Iglesia misma. Por eso, los vengo motivando
desde hace dos años a que se abran a un horizonte más amplio y
sientan un llamamiento a dedicarse a acrecentar la vida
espiritual en las diócesis, en sus presbiterios, en sus
religiosos, en sus apóstoles laicos.
Cuando, a finales del año pasado, empecé a pedir
parroquias para Ustedes a algunos obispos, convencido de que
sólo a partir de una parroquia podrían tener una auténtica vida
comunitaria y una más efectiva acción apostólica, les hice a
ellos la misma propuesta que les había formulado a Ustedes en el
encuentro de 2004. Tomar algunas parroquias para constituir en
ellas unos "centros" de evangelización y espiritualidad que, de
alguna manera, beneficien a toda la diócesis. Desde esta
perspectiva vislumbro los Siervos del Espíritu Santo,
cumpliendo con los deberes de pastorear una parroquia y sin
dejar la conducción de la Renovación en el Espíritu,
entregados en equipo a servir a una animación espiritual de las
diócesis mediante la predicación de ejercicios espirituales;
realización de cursos, encuentros y convivencias para
catequistas y líderes laicos; atención en dirección espiritual a
sacerdotes y religiosas; y todos los demás servicios que, en
este sentido, los obispos les quieran confiar.
Este paso importante que hemos dado, si no se
asume con la fe, la responsabilidad y la creatividad que exige,
entraña también serios peligros para los miembros de la
Asociación. Enumero sólo algunos de ellos: dejarse absorver por
las actividades y compromisos de la vida parroquial perdiendo su
identidad y su carisma de Siervos; hacer de la parroquia
un fortín cerrado de la Renovación Carismática, generando
distancias y hasta aversión por parte de otros sectores de la
diócesis; organizar la Renovación como un movimiento
apostólico paralelo o al margen de la pastoral diocesana;
instalarse cómodamente en la estructura parroquial y fallar no
sólo en el compromiso de servir a nivel diocesano, sino en la
misma responsabilidad y caridad pastoral con que es preciso
guiar la parroquia. Estamos, pues, ante un camino que no se ha
hecho; que a la vez que ofrece grandes esperanzas, no deja de
suscitar inquietudes; por tanto, urge pedir la luz de Dios,
estar vigilantes, reflexionar comunitariamente, compartir
experiencias, descubrir y obedecer perrmanentemente la voluntad
de Dios.
Como tercera tarea importante yo
propondría continuar consolidando la estructura y la
organización de la Asociación. Veo necesario que nos ocupemos,
por consiguiente, en la elaboración de varios instrumentos
concretos. Ante todo, en la redacción de los Estatutos de la
Asociación; no debe ser un texto largo y pesado, sino un
recurso claro y ágil que dé seguridad y pautas a la marcha de
una Asociación, que ya se aprovecha de las directivas tanto de
la diócesis de incardinación como de las diócesis en las que
trabaja. Aunque los Siervos, en principio, tienen la
espiritualidad del sacerdote diocesano y asumen la vida pastoral
de la diócesis a la que sirven, resulta oportuno tener una
Carta para la vida espiritual y pastoral; ella permitiría
hacer presentes principios, recomendaciones y prácticas que
motiven a la santidad de vida y al entusiasmo apostólico.
También considero útil contar con un Proyecto
de formación, que, teniendo en cuenta las necesidades y las
posibilidades de los Siervos, les ofrezca ayudas y
servicios concretos para el crecimiento personal y la mejor
capacitación apostólica. La formación de los Siervos en
doctrina, espiritualidad y metodología pastoral tiene que ser
muy sólida para que puedan evitar y ayudar a corregir
exageraciones o desviaciones que con frecuencia se presentan
tanto en la Renovación Carismática, como en otras
corrientes y prácticas de espiritualidad. No olviden que éste es
uno de los objetivos para los que nacieron.
Parece necesario, igualmente, llegar a una
actualización del Reglamento de la Casa de formación, que
recogiendo la experiencia que se tiene y las últimas
disposiciones que se han tomado, señale de un modo preciso a los
formadores y a los seminaristas las pautas de actuación.
Finalmente, creo que servirá mucho a la Asociación organizar un
archivo y una administración económica y contable propios e
independientes de los que ahora tiene la Casa de formación. Los
invito a que sin angustias y aceleramientos vayan comenzando a
trabajar en estos instrumentos. Estaré dispuesto a ayudarles en
cuanto me sea posible y estaría muy contento de poder aprobarlos
en un futuro no muy lejano.
La responsabilidad de un nombre
Ustedes se llaman Siervos del Espíritu Santo.
Este hermoso nombre conlleva una identidad y una misión de las
que Ustedes deben estar felices y a las que deben responder con
fidelidad. Para San Pablo el don del Espíritu es uno de los
aspectos más profundos de la novedad traída por Cristo. Pues,
como decía al principio, con la acción interior y transformante
del Espíritu se instaura la nueva alianza anunciada por los
profetas (Jer. 31,31-34; Ez. 36,25-28). Frente a la antigua
economía, basada en una ley externa, que fracasó porque el
hombre estaba interiormente herido por el pecado, la nueva
economía consiste esencialmente en el don del Espíritu que
renueva la persona por dentro y la hace capaz de cumplir la
voluntad de Dios. (cf. Rom. 8,1-4).
Pablo tiene la conciencia de ser siervo de esta
nueva alianza, en el Espíritu (2 Cor. 3,6). Él comprueba que la
misión de cualquiera de los ministros de esta nueva alianza es
incomparablemente superior a la de Moisés (2 Cor. 3,7-8), quien
fue instrumento de Dios para grabar su ley en tablas de piedra,
mientras que el apóstol cristiano es colaborador de Dios para
que la voluntad de Dios quede inscrita en el corazón de cada
hombre, mediante la acción del Espíritu (2 Cor. 3,3). Cuando
habla de "ministerio del Espíritu", se refiere a ponerse al
servicio de la acción de Espíritu para que se produzca en cada
persona esa maravillosa transformación interior que hará de él
una "criatura nueva" (2 Cor.5,17). Mientras la pura letra
"mata", pues enseña lo que hay que hacer pero no da la
fuerza para cumplirlo, "el Espíritu vivifica" al infundir
interiormente la vida que renueva al hombre. La misión del
apóstol no es otra que estar al servicio de ese continuo "pentecostés"
a favor de cada hombre a quien se anuncia el Evangelio (cf. He.
19,6).
De ahí que Pablo, a lo largo de su ministerio, no
quiera otra cosa que seguir dócilmente los impulsos del Espíritu,
que, no sabemos si por circunstancias exteriores o por
inspiraciones interiores, en unos casos le impide predicar la
Palabra y, en otros, lo lleva donde no estaba previsto y él,
"encadenado por el Espíritu" no rehúsa ni siquiera las "cárceles
y las luchas" (cf. He.16,6-7; 20,22-23). Consciente de que
estaba al servicio de un grandioso y misterioso plan de
salvación que le desbordaba, Pablo entendía que había que dejar
obrar a Dios. El apóstol sólo puede entrar cuando "Dios abre
una puerta a la Palabra" (Col. 4,3).
Pablo que, como había comenzado el propio Jesús,
inicia también su labor evangelizadora bajo el influjo y con
la fuerza del Espíritu (cf. He. 13, 2-4), en el ocaso de su
vida recomendará a su discípulo Timoteo que reavive el carisma
que le fue conferido y que le hace siervo e instrumento del
Espíritu, que es "energía, amor y buen juicio" y que le
fortalece para dar testimonio de Cristo sin avergonzarse y para
soportar los sufrimientos que conlleve la predicación del
Evangelio. En una palabra, que se sienta ayudado "por la
fuerza de Dios…que nos ha llamado con una vocación santa"
(cf. 2 Tim. 1, 6-9).
Esfuerzo serio de santidad
Todo lo que se ha dicho y todo lo que nos
proponemos, queridos padres y seminaristas, resulta vano si no
hay en cada uno de Ustedes, como ya se los he dicho en otras
ocasiones, un compromiso serio y constante de santidad. El
Concilio Vaticano II puso de relieve la estrecha relación que
existe en la Iglesia entre el don del Espíritu Santo y la
vocación a la santidad (cf. L.G. 39). La santidad eclesial, el
día de Pentecostés, resplandece en todos los que, junto con
María, "quedaron llenos del Espíritu Santo" (He.2,4).
Desde entonces hasta el final de los tiempos, esta santidad,
cuya plenitud es Cristo (cf. Jn.1,16), es concedida a todos los
que se abren a la acción del Espíritu Santo (cf. He.2,38). San
Pablo insiste en recordar que es el Espíritu Santo quien obra la
santificación humana y forma la comunión eclesial de los
creyentes. En efecto, los hombres justificados en Jesucristo se
convierten en santos en el Espíritu (cf. 1 Cor. 6,11.17). Y esta
santidad es el verdadero "culto en el Espíritu de Dios"
(Fil.3,3)
No es posible pensar que Ustedes puedan ser
verdaderos apóstoles de una renovación espiritual si ésta no
empieza por Ustedes mismos en un proceso serio de santidad. Me
atrevería a preguntarles con el Apóstol: "No saben que son
templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en Ustedes?"
(1 Cor.3,16; 6,19). Así mismo los invitaría a dar gracias a Dios
porque "los ha escogido desde el principio para la salvación
mediante la acción santificadora del Espíritu en la fe y la
verdad" (cf. 2 Tes. 2,13). Igualmente les recordaría la
enseñanza de San Pedro según la cual hemos "sido elegidos
según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción
santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser
rociados con su sangre" (1 Pe.1,1-2)… a fin de ser "un
edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de
Jesucristo" (1 Pe. 2,5).
De un modo concreto les recomendaría vivir, con
alegría y creciente provecho en su vida personal, esas líneas
fundamentales con las que la Renovación en el Espíritu quiere
avivar la santidad de todo el Pueblo de Dios: Tener a Cristo
como el único centro de la vida, invocándolo y obedeciéndolo
verdaderamente como Señor; mantener el compromiso constante de
conversión, que se expresa en la lucha contra el pecado y el
esfuerzo por vivir el camino del Evangelio; experimentar en todo
momento el amor de Dios Padre, por cuya gloria se vive y a quien
se dirige toda alabanza; acoger con docilidad la Palabra de
Dios, que es capaz de dar vida eterna; crecer en la vida
comunitaria y en el compartir fraterno; tener particular caridad
pastoral con los más pobres y necesitados; dar un testimonio
gozoso de la acción del Señor en su vida y en su ministerio por
la práctica especialmente de la humildad, la castidad y la
pobreza.
Este camino de santidad, que dispone para un
apostolado fecundo, deben vivirlo los Siervos del Espíritu
Santo plenamente integrados a la vida y acción pastoral de
las Iglesias particulares en que ejercen su ministerio. Esto se
logra si aman la diócesis que los acoge, si mantienen una
sincera comunión con el obispo y el presbiterio, si conocen y
cooperan con los planes y proyectos pastorales que se siguen a
nivel diocesano y parroquial, si aportan con sencillez lo que le
es propio a los programas e iniciativas que ya encuentran en
marcha. Sería un desastre apostólico y una ofensa al Espíritu
Santo marginarnos o fraccionarnos según intereses y propósitos
personales y no seguir en una pastoral de conjunto el movimiento
con que Dios conduce a su Iglesia.
Entregarse sin condiciones
Comprendan y aprecien cada día más, queridos
padres y seminaristas, la grandeza y la belleza de la misión de
la Asociación. Sientan lo importante que es abrir paso al
Espíritu Santo en una sociedad asfixiada por el materialismo,
entenebrecida por la vaciedad de una vida sin sentido, frustrada
por la falsa felicidad con que la ha seducido el hedonismo,
esclavizada por los ídolos que le han robado la paz y la alegría,
desesperanzada ante la ausencia de verdaderos maestros para
caminar con certeza hacia la vida eterna. Perciban lo
trascendente que es en la Iglesia abrir espacio al Espíritu
Santo para que la purifique y rejuvenezca (cf. Ef. 9,27), la
lleve a la unidad ardientemente suplicada por Cristo la víspera
de su muerte y la capacite con sus dones para un testimonio
humilde y eficaz del Señor Resucitado. Por tanto, no tengan
miedo de entregarse sin condiciones ni reservas.
Mi único propósito es ayudarlos a realizar bien
la gran tarea que tienen dentro de la Iglesia, que a comienzos
de este nuevo milenio se lanza a una gran empresa de nueva
evangelización y necesita, por tanto, toda la fuerza del
Espíritu; mi deseo es que con su vida santa y su ministerio
audaz respondan a la urgente necesidad que tiene el mundo de una
espiritualidad sólida que le permita encontrar la verdadera vida.
Por eso, al llegar hoy la Asociación a los veintidós años de
camino, los invito a acoger con esperanza la exhortación de San
Pablo: "Manténganse firmes, inconmovibles, progresando
siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo no
es vano en el Señor" (1 Cor. 15,58).
Sí, manténganse firmes, con fidelidad, entusiasmo
y alegría, en esta misión que con la fuerza del Espíritu
y para la gloria del Padre les ha confiado el Señor. Que los
anime y sostenga con su ejemplo la Santísima Virgen María,
cubierta por el Espíritu Santo en la Anunciación, transmisora
del Espíritu Santo en la Visitación, testigo del Espíritu Santo
en la vida y la Pascua de Jesús, sierva del Espíritu Santo en
Pentecostés.
Con mi saludo, mi bendición y todo mi afecto en
el Señor.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Obispo de Sonsón-Rionegro
Rionegro, 10 de agosto de 2005
Circular Nº 12
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Ceja, Antioquia, Colombia.
Teléfono: (4) 553 0582,
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E-mail:
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