LOS SIERVOS DEL ESPIRITU SANTO ESTAMOS CELEBRANDO NUESTRAS BODAS DE PLATA. 25 AÑOS EVANGELIZANDO EN EL PODER DEL ESPIRITU SANTO .......... MUCHAS BENDICIONES A NUESTROS HERMANOS SACERDOTES POR SU ANIVERSARIO DE NACIMIENTO: Pbro. William Alberto Vasquez, Noviembre 02..............Pbro. Robert León Rodriguez, Noviembre 10..............Pbro. José Gustavo Pérez, Noviembre 14..............Pbro. Martín Egidio Hincapié, Noviembre 20.............Pbro. Amaury Antonio Mestra, Noviembre 24...............Pbro. Eduardo Andrés Valencia, Diciembre 01............Diácono Martín Eduardo Delgado,Diciembre 31
Carta Circular del Señor Obispo
a los Presbíteros y Seminaristas de la Asociación Sacerdotal
"Siervos del Espíritu Santo", de la Diócesis de Sonsón-Rionegro

 

Queridos sacerdotes y seminaristas:
Cuando San Lucas quiere sintetizar la vida y el ministerio público de Jesús dice simplemente que actúa "con la fuerza del Espíritu" (Lc.4,14). Sobre esta perspectiva, elaborada y transmitida por la tradición, ha cimentado el Evangelista una de sus más profundas visiones de Cristo. Para llegar hasta el fondo de esta afirmación hay que situarla en el horizonte de esperanza abierto por las promesas del Antiguo Testamento: "Infundiré mi espíritu…y los salvaré" (Ez. 36,27-29); "Derramaré mi espíritu…y realizaré prodigios" (Jl. 3,1-3).
 
 
Ante aquellos que aguardaban la venida del Espíritu de Dios sobre la tierra para cambiar la existencia de los hombres, Jesús proclama que el misterio ha empezado a realizarse: "Hoy se ha cumplido esta Escritura" (Lc. 4,21). Esto significa que, para la Iglesia primitiva, la venida de Jesús que trae el Espíritu, supone el cambio decisivo de la historia y el cumplimiento de toda esperanza. Por eso, Lucas le atribuye tanta importancia a la misión del Espíritu en la vida de Cristo: está en el bautismo para confirmar la vocación mesiánica de Jesús (cf. Lc. 4, 1); le presta su poder para la realización de los milagros (cf. Lc. 5, 17; 6, 19; 9,1); le ayuda en la formación de sus discípulos (cf. He. 1, 2), y le reconforta en su misión (cf. Lc. 10, 21). La presencia del Espíritu Santo es, por tanto, la característica de los últimos tiempos (cf. Lc. 24, 49; He. 1, 4-8; 11, 16; 2, 1-4).
Se entiende, entonces, que la homilía de Jesús en Nazaret es la auto-proclamación de su vocación y misión en el Espíritu. El Mesías, ungido por el Espíritu de Dios, es enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a dar libertad a los oprimidos, a devolver la vista a los ciegos y a anunciar el año de gracia del Señor. Y la conducción y el poder del Espíritu que Jesús vive a lo largo de su ministerio son anunciados luego a los discípulos: "Miren, yo voy a enviar sobre Ustedes la promesa de mi Padre... permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de poder desde lo alto" (Lc. 24, 49; He.1,4).
 
El Espíritu sobre la Iglesia
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan el cumplimiento del anuncio de Jesús el domingo de Pentecostés, cuando fue derramado el Espíritu Santo sobre los discípulos que, en compañía de María, estaban en oración (cf. He.1,12-14; 2,1-13). Desde entonces, el Espíritu está sobre la Iglesia como estuvo sobre Jesús (cf. He.4,18); con su luz la ilumina y con su fuerza la mueve para que tenga el poder de anunciar las palabras del Señor y de hacer los signos que él hizo.
A lo largo de toda su historia, la Iglesia no ha dejado de sentir que, como en sus primeros días, el Espíritu dado por el Resucitado la acompaña y asiste; tiene constantemente la experiencia de que el Espíritu Santo la protege y dirige, impulsa su crecimiento y desarrollo, la renueva en su identidad y su misión, le revive el entusiasmo de las primitivas comunidades nacidas en Pentecostés y "con su poder" realiza dentro de ella prodigios aún mayores que los que presenciaron los apóstoles.
Hacia la mitad del siglo XX, el Papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II con la esperanza de que el Espíritu Santo, viento y fuego de todos los tiempos de la Iglesia, irrumpiera en ella con fuerza nueva, dándole vida y audacia apostólica. No se demoró en hacerse sentir, manifestándose en múltiples formas, la presencia y la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia postconciliar, que se sintió llamada a una purificación interior, a un diálogo más directo con el mundo, a abrirse a nuevos caminos de evangelización, a asumir con decisión su puesto y su tarea como enseña levantada ante los pueblos.
Dentro de estas nuevas manifestaciones del Espíritu Santo en la Iglesia, como lo han reconocido Pablo VI (19-V-1975) y Juan Pablo II (15-V-1987), se ha visto la Renovación Carismática Católica que, a partir de 1966, se ha extendido por el mundo como una "corriente de gracia", que lleva al encuentro con Cristo Resucitado promoviendo una conversión personal, que hace sentir la paternidad de Dios y su lógica consecuencia que es la fraternidad con todos los hombres, que abre a la acción del Espíritu para animar con sus dones la obra de la evangelización y el crecimiento progresivo en la santidad de todos los miembros de la Iglesia.
 
Un movimiento del Espíritu
La Renovación en el Espíritu no tiene un carisma particular para mostrar a la Iglesia y al mundo, sino que quiere contribuir a avivar la estructura de la existencia cristiana, que es, por su misma naturaleza, una existencia en el Espíritu. Por esto, el Cardenal Jozef Suenens definía la Renovación como "un movimiento del Espíritu que ayuda a la Iglesia a volverse toda ella carismática según las esperanzas y las proposiciones del Concilio Vaticano II".
La Renovación es un instrumento eclesial para una nueva comunicación espiritual de la fe, pero no representa en sí misma una nueva espiritualidad. No se puede ni siquiera indicar una finalidad precisa de la Renovación, sino señalar su dinamismo interno, orientado a la renovación de toda la Iglesia, en todas sus manifestaciones válidas y en todas sus actividades. El Papa Juan Pablo II afirmaba: "Toda la obra de renovación de la Iglesia que el Concilio Vaticano II ha iniciado providencialmente no se puede realizar sino en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su poder" (R.M.,19). Esto quiere decir que no es suficiente una renovación a nivel de documentos y de estructuras eclesiásticas si el corazón del hombre no es tocado por la persona y la obra del Espíritu Santo.
La Renovación en el Espíritu está abierta a todos, para que todos puedan realizar la maravillosa experiencia de la vida en el Espíritu que, según la promesa de Jesús, viene concedido a toda persona sin medida (Jn.3,34). Quien se acerca a la verdadera Renovación en el Espíritu no se encuentra delante de una propuesta espiritual específica o un tema preeminente de vida espiritual, sino que llega a la espiritualidad propia de la Iglesia que está animada por el Espíritu, según el "manifiesto de vida cristiana", que como he dicho ha proclamado Jesús en la sinagoga de Nazaret. Esa "unción", vivida de modo particular en el Bautismo es la que nos capacita "con la fuerza del Espíritu" para vivir y para anunciar el Evangelio.
Por eso, la Renovación en el Espíritu ha tenido y sigue teniendo una misión importante en la Iglesia. En el contexto del gran Jubileo que nos introdujo en un nuevo milenio, el Papa Juan Pablo II la llamaba a llegar a una "plena madurez eclesial", necesaria para que pueda realizar el cometido para el que Dios la suscitó en la Iglesia. Concretamente señalaba el Papa: "La Iglesia espera de ustedes frutos ‘maduros’ de comunión y compromiso. En el interior de sus comunidades, en circunstancias diversas, para cada uno de Ustedes ha iniciado un camino que lleva a un conocimiento y a un amor de Cristo siempre más grande".
Y luego animaba a los miembros de este "movimiento del Espíritu" con estas palabras: "No interrumpan el camino emprendido! Tengan confianza: Cristo completará la obra que él mismo ha iniciado. ‘Aspiren a los carismas más grandes’ (1 Cor.12,31). Busquen siempre a Cristo… Acojan con alegría las ocasiones que se les ofrecen para profundizar su formación cristiana. Sirvan a Cristo en las personas que tienen cerca, sírvanlo en los pobres, sírvanlo en las limitaciones y en las necesidades de la Iglesia. Déjense guiar verdaderamente del Espíritu! Amen la Iglesia una, santa, católica y apostólica" (24-IV-2000).
 
Los Siervos del Espíritu Santo
Mons. Alfonso Uribe Jaramillo, Obispo de Sonsón-Rionegro (1968-1993) vislumbró las potencialidades y la riqueza de la Renovación en el Espíritu para ayudar a promover un proceso de santidad en la Iglesia y para aprovechar los dones y gracias con que el Espíritu Santo une, edifica y conduce a todos los fieles que integran el Pueblo de Dios. Pero así como fue consciente de las enormes posibilidades de la Renovación también percibió los abusos, deformaciones y aun peligros serios que podía entrañar cuando se quedaba en lo emotivo y en lo sensacional sin conducir a una verdadera y permanente conversión a Jesucristo.
Cuando, en 1981, los obispos de la entonces Provincia Eclesiástica de Medellín fundaron en La Ceja el Seminario Misionero del Espíritu Santo, con el objetivo de formar sacerdotes para atender las necesidades de tantas diócesis con penuria de clero, Mons. Uribe pensó que era necesario se dedicara también a formar sacerdotes capaces de servir en diversos lugares como animadores y orientadores de la Renovación Carismática. Pidió a uno de los formadores de entonces, el P. Darío Gómez, que se encargara de esta tarea con algunos jóvenes provenientes de grupos de oración de diversas ciudades del país.
Después de algún tiempo, apareció claramente la imposibilidad de unir estos dos objetivos en una misma casa de formación, que, por esta causa, empezaba a sufrir serias dificultades y divisiones. Los candidatos al sacerdocio que querían dedicarse a la animación y orientación de la Renovación Carismática pasaron entonces a otra casa, manteniendo alguna vinculación con el Seminario al principio y configurándose después como un centro de formación con más autonomía. Así nacieron el 10 de agosto de 1983, bajo la responsabilidad del P. José David Henao, los Siervos del Espíritu Santo, a los que, por Decreto Nº 06, del 5 de mayo de 1986, Mons. Alfonso Uribe Jaramillo constituye como Asociación Sacerdotal, dentro del Presbiterio de la Diócesis de Sonsón-Rionegro.
La Asociación Sacerdotal Siervos del Espíritu Santo, por consiguiente, está conformada por los diáconos y presbíteros que, incardinados a la Diócesis de Sonsón-Rionegro y bajo la autoridad de su Obispo, se asocian para dedicar su vida, por un especial llamamiento del Señor, a impulsar y orientar la Renovación Espiritual en las Iglesias particulares que lo soliciten. A ella se unen los seminaristas que, aspirando a la misma vida y ministerio, siguen el proceso formativo establecido en la diócesis para llegar a ser parte de esta Asociación.

 

Luces y sombras
No ha sido fácil el camino de los Siervos del Espíritu Santo en estas dos décadas. De una parte, es preciso bendecir a Dios por muchas cosas positivas: se ha logrado configurar un buen grupo de sacerdotes asociados, se ha mantenido la identidad y la misión de la asociación, la casa de formación no ha interrumpido sus labores, se ha respondido exitosamente a actividades importantes como el retiro latinoamericano de sacerdotes y la Misa por los enfermos en La Ceja, no han dejado de programarse permanentemente cursos y seminarios de orientación para laicos, y, sobre todo, se ha venido realizando un servicio importante en cerca de treinta diócesis del país y del exterior, con la complacencia de los obispos que, en la mayoría de los casos, valoran y agradecen el testimonio y el trabajo abnegado de los Siervos.
De otra parte, como se constató en el encuentro de la Asociación en agosto del año pasado, es preciso reconocer con humildad no pocas fallas y dificultades que se han venido presentando. Inexplicablemente no se elaboraron los estatutos que anunciaba el Decreto de erección de la Asociación, quedando ésta desde entonces sin una normativa y unos criterios que le facilitaran su organización y estabilidad. El servicio de coordinación de la Asociación, por diversas causas, no siempre pudo consolidar la unidad ni ofrecer una efectiva comunicación entre los miembros de la Asociación.
El sistema de enviar sacerdotes inmediatamente después de su ordenación como directores de la Renovación en una diócesis, donde con frecuencia se sentían con una responsabilidad para la que no tenían la suficiente preparación y experiencia, donde tantas veces debían vivir solos y aun discriminados por algunos miembros del presbiterio local, donde no siempre tenían el acompañamiento y los recursos espirituales necesarios, produjo heridas y aun graves problemas en varios sacerdotes de la Asociación. Algunas actitudes en las que faltaba prudencia, discreción y caridad fueron deteriorando la imagen de la Asociación y creando rupturas internas.
La autonomía que asumió la casa de formación privándose de algunos elementos que aporta un gran Seminario, los frecuentes cambios de sus directores, el estar los seminaristas en ciertos períodos bajo la orientación de una sola persona y no de un equipo, dejaron lamentables vacíos en el proceso vocacional de varios candidatos al sacerdocio. Algunos comentarios y prevenciones basados en informaciones erradas o imprecisas fueron generando un clima de inseguridad y desaliento. La falta de una mayor integración de la Asociación con la Diócesis de Sonsón-Rionegro no le permitió asumir y vivir mejor su identidad y su dimensión eclesial.

 

Necesidad de una reorganización
Esta problemática, analizada detenidamente en los encuentros anuales de 2003 y 2004, mostró la necesidad de una urgente reorganización de la Asociación que, a todas luces, se veía desarticulada, sin seguridad en el cumplimiento de su misión, seriamente afectada por las crisis personales de varios de sus miembros, inquieta por la dudosa calidad de la formación de los seminaristas y tentada de desaliento frente a su futuro. Aparecieron como tareas inaplazables: ahondar en la identidad y misión de la Asociación, reforzar el servicio de coordinación y comunicación, incrementar la formación permanente, diseñar una nueva forma de trabajo apostólico en equipo y dar solidez al proceso formativo de los seminaristas.
Respondiendo a las inquietudes planteadas, he empezado a propiciar algunos cambios en la Asociación. En primer lugar, nombré un Coordinador que, integrado al equipo de la Casa de formación, pudiera dedicarse más plenamente a un acompañamiento de los miembros de la Asociación dispersos por varias diócesis; el equipo de la casa de formación quedó integrado por cuatro sacerdotes para que, además de una vida comunitaria, puedan compartir las responsabilidades del seguimiento de los seminaristas; conservando su autonomía por lo que se refiere al cultivo del propio carisma, se vinculó la Casa de formación al Seminario Misionero del Espíritu Santo para los demás aspectos que exige el camino hacia el sacerdocio, con muy buenos resultados hasta hoy.
Espero que la realización del año propedéutico en el Seminario "Nuestra Señora" de Marinilla de todos los candidatos para el sacerdocio que lleguen a nuestra diócesis, asociados y no asociados, como creo se podrá empezar a realizar en poco tiempo; que el conocimiento y la integración con las parroquias y los sacerdotes que trabajan en la diócesis durante el año de formación pastoral que tienen todos los seminaristas después del segundo año de teología; que los encuentros de pastoral vocacional y los diálogos que yo mismo sostengo con todos los seminaristas diocesanos; que algún tiempo de ministerio dentro de la diócesis de los neo-sacerdotes de la Asociación, en la medida en que las circunstancias lo permitan, irán logrando una mayor vinculación de todos los Siervos con su Iglesia particular y con todos los miembros de su presbiterio. A ello ayudará igualmente que se acoja la insistente invitación que vengo repitiendo de que los sacerdotes asociados participen, al menos algunas veces, en los retiros espirituales y en los cursos de actualización que, con fechas ya muy fijas, se tienen programados dentro de nuestra diócesis cada año.
La mayor innovación ha sido, a partir de diciembre del año pasado, el comenzar la organización de los Siervos en equipos. Además del equipo de cuatro sacerdotes en la Casa de formación, tenemos equipos de tres sacerdotes en Colón (Cuba), San Pedro Sula (Honduras) y Popayán (Colombia); con la esperanza de llegar a formar también equipos de tres están por el momento de a dos sacerdotes en Franceville (Gabón), en Santiago de los Caballeros (República Dominicana), y en Colombia en las Diócesis de Tuluá, Montería, Sincelejo y Pasto. Se continúa prestando el servicio con un solo sacerdote en diez diócesis. Esta reorganización, por otra parte, ha exigido dejar total o parcialmente la asesoría de la Renovación en las Diócesis colombianas de Yopal, Buenaventura, Líbano-Honda, Cartago, Montelíbano y Florencia; y en la Diócesis de Esmeraldas (Ecuador).
Debo decir que para proceder en tan poco tiempo a estos cambios, que han exigido ciertamente especial atención y mucho esfuerzo, he contado con la comprensión y la colaboración de los obispos que generosamente me han abierto puertas y de los obispos que sufriendo el retiro de los sacerdotes que todavía necesitaban han aceptado con ejemplar sentido eclesial las decisiones que he tomado. También he contado con la obediencia y disponibilidad de casi todos los Siervos del Espíritu Santo, que conscientes de la bondad del proyecto que estamos realizando han acogido con prontitud, con responsabilidad y con alegría las misiones que les he encomendado. Sobre todo, debo dar testimonio de la especial ayuda del Señor, sin la que hubieran sido imposibles los pasos que hasta ahora hemos dado.

 

Algunas tareas pendientes
Es muy importante, en primer lugar, llegar a que los Siervos del Espíritu Santo comprendan y cultiven cada vez más su efectiva y afectiva integración en la Diócesis de Sonsón-Rionegro. Ustedes no son, en efecto, una comunidad religiosa ni una sociedad de vida apostólica, sino una asociación sacerdotal dentro de un presbiterio. Esta es una figura jurídica nueva y muy hermosa que se entiende muy bien en la eclesiología del Concilio Vaticano II. Ella permite, de una parte, que un presbiterio como que se "especialice" en algunos de sus miembros que han recibido un carisma particular y, una vez formados y asociados, se puedan dedicar a una misión específica dentro de la Iglesia universal.
De otra, le permite a algunos miembros de un presbiterio vivir un camino espiritual y pastoral al que de modo especial han sido llamados contando con la identidad y el envío que les da una concreta Iglesia particular. Una auténtica teología de la Iglesia particular deja comprender que la diócesis es el ámbito privilegiado para vivir la certeza de la fe que hace sentir el amor del Padre, la presencia del Señor Resucitado y la actuación del Espíritu Santo; la garantía de la autenticidad de la Palabra; la experiencia de la gracia que dan los sacramentos; el sentido profundo y amplio de la comunión y la fraternidad; la legitimidad de la misión; en una palabra, todo el misterio de la Iglesia al servicio del Reino de Dios. Esto gracias a la sucesión apostólica que tiene el obispo y con la que no cuenta, por ejemplo, un superior religioso.
Una segunda tarea también muy importante es diseñar el ministerio apostólico, nuevo y propio, que Dios les confía hoy a los Siervos del Espíritu Santo. Dentro de la verdadera naturaleza de la Renovación pienso yo que les corresponde no sólo la animación de los grupos de la Renovación Carismática Católica como hasta ahora se ha hecho con tan buenos frutos, sino muchísimo más, la animación y renovación de la Iglesia misma. Por eso, los vengo motivando desde hace dos años a que se abran a un horizonte más amplio y sientan un llamamiento a dedicarse a acrecentar la vida espiritual en las diócesis, en sus presbiterios, en sus religiosos, en sus apóstoles laicos.
Cuando, a finales del año pasado, empecé a pedir parroquias para Ustedes a algunos obispos, convencido de que sólo a partir de una parroquia podrían tener una auténtica vida comunitaria y una más efectiva acción apostólica, les hice a ellos la misma propuesta que les había formulado a Ustedes en el encuentro de 2004. Tomar algunas parroquias para constituir en ellas unos "centros" de evangelización y espiritualidad que, de alguna manera, beneficien a toda la diócesis. Desde esta perspectiva vislumbro los Siervos del Espíritu Santo, cumpliendo con los deberes de pastorear una parroquia y sin dejar la conducción de la Renovación en el Espíritu, entregados en equipo a servir a una animación espiritual de las diócesis mediante la predicación de ejercicios espirituales; realización de cursos, encuentros y convivencias para catequistas y líderes laicos; atención en dirección espiritual a sacerdotes y religiosas; y todos los demás servicios que, en este sentido, los obispos les quieran confiar.
Este paso importante que hemos dado, si no se asume con la fe, la responsabilidad y la creatividad que exige, entraña también serios peligros para los miembros de la Asociación. Enumero sólo algunos de ellos: dejarse absorver por las actividades y compromisos de la vida parroquial perdiendo su identidad y su carisma de Siervos; hacer de la parroquia un fortín cerrado de la Renovación Carismática, generando distancias y hasta aversión por parte de otros sectores de la diócesis; organizar la Renovación como un movimiento apostólico paralelo o al margen de la pastoral diocesana; instalarse cómodamente en la estructura parroquial y fallar no sólo en el compromiso de servir a nivel diocesano, sino en la misma responsabilidad y caridad pastoral con que es preciso guiar la parroquia. Estamos, pues, ante un camino que no se ha hecho; que a la vez que ofrece grandes esperanzas, no deja de suscitar inquietudes; por tanto, urge pedir la luz de Dios, estar vigilantes, reflexionar comunitariamente, compartir experiencias, descubrir y obedecer perrmanentemente la voluntad de Dios.
Como tercera tarea importante yo propondría continuar consolidando la estructura y la organización de la Asociación. Veo necesario que nos ocupemos, por consiguiente, en la elaboración de varios instrumentos concretos. Ante todo, en la redacción de los Estatutos de la Asociación; no debe ser un texto largo y pesado, sino un recurso claro y ágil que dé seguridad y pautas a la marcha de una Asociación, que ya se aprovecha de las directivas tanto de la diócesis de incardinación como de las diócesis en las que trabaja. Aunque los Siervos, en principio, tienen la espiritualidad del sacerdote diocesano y asumen la vida pastoral de la diócesis a la que sirven, resulta oportuno tener una Carta para la vida espiritual y pastoral; ella permitiría hacer presentes principios, recomendaciones y prácticas que motiven a la santidad de vida y al entusiasmo apostólico.
También considero útil contar con un Proyecto de formación, que, teniendo en cuenta las necesidades y las posibilidades de los Siervos, les ofrezca ayudas y servicios concretos para el crecimiento personal y la mejor capacitación apostólica. La formación de los Siervos en doctrina, espiritualidad y metodología pastoral tiene que ser muy sólida para que puedan evitar y ayudar a corregir exageraciones o desviaciones que con frecuencia se presentan tanto en la Renovación Carismática, como en otras corrientes y prácticas de espiritualidad. No olviden que éste es uno de los objetivos para los que nacieron.
Parece necesario, igualmente, llegar a una actualización del Reglamento de la Casa de formación, que recogiendo la experiencia que se tiene y las últimas disposiciones que se han tomado, señale de un modo preciso a los formadores y a los seminaristas las pautas de actuación. Finalmente, creo que servirá mucho a la Asociación organizar un archivo y una administración económica y contable propios e independientes de los que ahora tiene la Casa de formación. Los invito a que sin angustias y aceleramientos vayan comenzando a trabajar en estos instrumentos. Estaré dispuesto a ayudarles en cuanto me sea posible y estaría muy contento de poder aprobarlos en un futuro no muy lejano.

 

La responsabilidad de un nombre
Ustedes se llaman Siervos del Espíritu Santo. Este hermoso nombre conlleva una identidad y una misión de las que Ustedes deben estar felices y a las que deben responder con fidelidad. Para San Pablo el don del Espíritu es uno de los aspectos más profundos de la novedad traída por Cristo. Pues, como decía al principio, con la acción interior y transformante del Espíritu se instaura la nueva alianza anunciada por los profetas (Jer. 31,31-34; Ez. 36,25-28). Frente a la antigua economía, basada en una ley externa, que fracasó porque el hombre estaba interiormente herido por el pecado, la nueva economía consiste esencialmente en el don del Espíritu que renueva la persona por dentro y la hace capaz de cumplir la voluntad de Dios. (cf. Rom. 8,1-4).
Pablo tiene la conciencia de ser siervo de esta nueva alianza, en el Espíritu (2 Cor. 3,6). Él comprueba que la misión de cualquiera de los ministros de esta nueva alianza es incomparablemente superior a la de Moisés (2 Cor. 3,7-8), quien fue instrumento de Dios para grabar su ley en tablas de piedra, mientras que el apóstol cristiano es colaborador de Dios para que la voluntad de Dios quede inscrita en el corazón de cada hombre, mediante la acción del Espíritu (2 Cor. 3,3). Cuando habla de "ministerio del Espíritu", se refiere a ponerse al servicio de la acción de Espíritu para que se produzca en cada persona esa maravillosa transformación interior que hará de él una "criatura nueva" (2 Cor.5,17). Mientras la pura letra "mata", pues enseña lo que hay que hacer pero no da la fuerza para cumplirlo, "el Espíritu vivifica" al infundir interiormente la vida que renueva al hombre. La misión del apóstol no es otra que estar al servicio de ese continuo "pentecostés" a favor de cada hombre a quien se anuncia el Evangelio (cf. He. 19,6).
De ahí que Pablo, a lo largo de su ministerio, no quiera otra cosa que seguir dócilmente los impulsos del Espíritu, que, no sabemos si por circunstancias exteriores o por inspiraciones interiores, en unos casos le impide predicar la Palabra y, en otros, lo lleva donde no estaba previsto y él, "encadenado por el Espíritu" no rehúsa ni siquiera las "cárceles y las luchas" (cf. He.16,6-7; 20,22-23). Consciente de que estaba al servicio de un grandioso y misterioso plan de salvación que le desbordaba, Pablo entendía que había que dejar obrar a Dios. El apóstol sólo puede entrar cuando "Dios abre una puerta a la Palabra" (Col. 4,3).
Pablo que, como había comenzado el propio Jesús, inicia también su labor evangelizadora bajo el influjo y con la fuerza del Espíritu (cf. He. 13, 2-4), en el ocaso de su vida recomendará a su discípulo Timoteo que reavive el carisma que le fue conferido y que le hace siervo e instrumento del Espíritu, que es "energía, amor y buen juicio" y que le fortalece para dar testimonio de Cristo sin avergonzarse y para soportar los sufrimientos que conlleve la predicación del Evangelio. En una palabra, que se sienta ayudado "por la fuerza de Dios…que nos ha llamado con una vocación santa" (cf. 2 Tim. 1, 6-9).

 

Esfuerzo serio de santidad
Todo lo que se ha dicho y todo lo que nos proponemos, queridos padres y seminaristas, resulta vano si no hay en cada uno de Ustedes, como ya se los he dicho en otras ocasiones, un compromiso serio y constante de santidad. El Concilio Vaticano II puso de relieve la estrecha relación que existe en la Iglesia entre el don del Espíritu Santo y la vocación a la santidad (cf. L.G. 39). La santidad eclesial, el día de Pentecostés, resplandece en todos los que, junto con María, "quedaron llenos del Espíritu Santo" (He.2,4). Desde entonces hasta el final de los tiempos, esta santidad, cuya plenitud es Cristo (cf. Jn.1,16), es concedida a todos los que se abren a la acción del Espíritu Santo (cf. He.2,38). San Pablo insiste en recordar que es el Espíritu Santo quien obra la santificación humana y forma la comunión eclesial de los creyentes. En efecto, los hombres justificados en Jesucristo se convierten en santos en el Espíritu (cf. 1 Cor. 6,11.17). Y esta santidad es el verdadero "culto en el Espíritu de Dios" (Fil.3,3)
No es posible pensar que Ustedes puedan ser verdaderos apóstoles de una renovación espiritual si ésta no empieza por Ustedes mismos en un proceso serio de santidad. Me atrevería a preguntarles con el Apóstol: "No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en Ustedes?" (1 Cor.3,16; 6,19). Así mismo los invitaría a dar gracias a Dios porque "los ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu en la fe y la verdad" (cf. 2 Tes. 2,13). Igualmente les recordaría la enseñanza de San Pedro según la cual hemos "sido elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre" (1 Pe.1,1-2)… a fin de ser "un edificio espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo" (1 Pe. 2,5).
De un modo concreto les recomendaría vivir, con alegría y creciente provecho en su vida personal, esas líneas fundamentales con las que la Renovación en el Espíritu quiere avivar la santidad de todo el Pueblo de Dios: Tener a Cristo como el único centro de la vida, invocándolo y obedeciéndolo verdaderamente como Señor; mantener el compromiso constante de conversión, que se expresa en la lucha contra el pecado y el esfuerzo por vivir el camino del Evangelio; experimentar en todo momento el amor de Dios Padre, por cuya gloria se vive y a quien se dirige toda alabanza; acoger con docilidad la Palabra de Dios, que es capaz de dar vida eterna; crecer en la vida comunitaria y en el compartir fraterno; tener particular caridad pastoral con los más pobres y necesitados; dar un testimonio gozoso de la acción del Señor en su vida y en su ministerio por la práctica especialmente de la humildad, la castidad y la pobreza.
Este camino de santidad, que dispone para un apostolado fecundo, deben vivirlo los Siervos del Espíritu Santo plenamente integrados a la vida y acción pastoral de las Iglesias particulares en que ejercen su ministerio. Esto se logra si aman la diócesis que los acoge, si mantienen una sincera comunión con el obispo y el presbiterio, si conocen y cooperan con los planes y proyectos pastorales que se siguen a nivel diocesano y parroquial, si aportan con sencillez lo que le es propio a los programas e iniciativas que ya encuentran en marcha. Sería un desastre apostólico y una ofensa al Espíritu Santo marginarnos o fraccionarnos según intereses y propósitos personales y no seguir en una pastoral de conjunto el movimiento con que Dios conduce a su Iglesia.

 

Entregarse sin condiciones
Comprendan y aprecien cada día más, queridos padres y seminaristas, la grandeza y la belleza de la misión de la Asociación. Sientan lo importante que es abrir paso al Espíritu Santo en una sociedad asfixiada por el materialismo, entenebrecida por la vaciedad de una vida sin sentido, frustrada por la falsa felicidad con que la ha seducido el hedonismo, esclavizada por los ídolos que le han robado la paz y la alegría, desesperanzada ante la ausencia de verdaderos maestros para caminar con certeza hacia la vida eterna. Perciban lo trascendente que es en la Iglesia abrir espacio al Espíritu Santo para que la purifique y rejuvenezca (cf. Ef. 9,27), la lleve a la unidad ardientemente suplicada por Cristo la víspera de su muerte y la capacite con sus dones para un testimonio humilde y eficaz del Señor Resucitado. Por tanto, no tengan miedo de entregarse sin condiciones ni reservas.
Mi único propósito es ayudarlos a realizar bien la gran tarea que tienen dentro de la Iglesia, que a comienzos de este nuevo milenio se lanza a una gran empresa de nueva evangelización y necesita, por tanto, toda la fuerza del Espíritu; mi deseo es que con su vida santa y su ministerio audaz respondan a la urgente necesidad que tiene el mundo de una espiritualidad sólida que le permita encontrar la verdadera vida. Por eso, al llegar hoy la Asociación a los veintidós años de camino, los invito a acoger con esperanza la exhortación de San Pablo: "Manténganse firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo no es vano en el Señor" (1 Cor. 15,58).
Sí, manténganse firmes, con fidelidad, entusiasmo y alegría, en esta misión que con la fuerza del Espíritu y para la gloria del Padre les ha confiado el Señor. Que los anime y sostenga con su ejemplo la Santísima Virgen María, cubierta por el Espíritu Santo en la Anunciación, transmisora del Espíritu Santo en la Visitación, testigo del Espíritu Santo en la vida y la Pascua de Jesús, sierva del Espíritu Santo en Pentecostés.
Con mi saludo, mi bendición y todo mi afecto en el Señor.

 

+ Ricardo Tobón Restrepo
Obispo de Sonsón-Rionegro
Rionegro, 10 de agosto de 2005
Circular Nº 12

 

 

 

 

 


Avenida San Juan de Dios, La Ceja, Antioquia, Colombia.

Teléfono: (4) 553 0582,  Fax: (4) 553 2102

E-mail: espiritu.santo@une.net.co